Ya está disponible el segundo capítulo de nuestra serie documental sobre la construcción del puente de Brooklyn.
En el primero conocimos a John Roebling, el ingeniero que imaginó una obra aparentemente imposible. Ahora la historia pasa a su hijo Washington, que heredó los planos, la responsabilidad y un problema considerable: construir dos torres de más de ochenta metros sobre el lecho del East River.
Y para hacerlo tuvo que trabajar donde apenas llegaban la luz, el aire… ni el sentido común.
El segundo capítulo de una historia en tres partes
Nuestra serie está dedicada a las tres personas que hicieron posible el puente de Brooklyn:
- John Augustus Roebling, el ingeniero que lo imaginó.
- Washington Roebling, el hijo que dirigió la construcción y hundió sus cimientos bajo el río.
- Emily Warren Roebling, cuya intervención resultaría decisiva para terminarlo.
Este segundo capítulo comienza con Washington trabajando dentro de uno de los cajones neumáticos, rodeado por cientos de operarios y bajo toneladas de piedra. Una avería provoca una pérdida de presión, los faroles se apagan y el agua comienza a entrar.

Pero antes de resolver aquel accidente tenemos que retroceder algunos años.
Mucho más que el hijo del ingeniero
Washington Roebling no heredó automáticamente la dirección del puente.
Había estudiado ingeniería, trabajado junto a su padre y servido durante la guerra de Secesión, donde construyó pasos provisionales, levantó mapas, realizó reconocimientos y participó en la defensa de Little Round Top durante la batalla de Gettysburg.
También fue durante la guerra cuando conoció a Emily Warren.
Tras casarse, ambos viajaron por Europa. Aquella luna de miel tuvo bastante de viaje de estudios: visitaron puentes, fábricas de alambre y obras en las que se estaban utilizando nuevos procedimientos de cimentación mediante aire comprimido.
Cuando John Roebling murió de tétanos en 1869, Washington tenía treinta y dos años. Algunos miembros del consejo dudaban de que el cargo de ingeniero jefe debiera pasar sencillamente de padre a hijo.
Washington tuvo que demostrar que no solo conocía los planos, sino también las decisiones que había detrás de ellos.
Una de las más importantes era el empleo de acero en los cables principales. Fabricarlos con alambre de hierro habría obligado a utilizar secciones enormes. El acero permitía alcanzar la resistencia necesaria manteniendo unas dimensiones viables. John lo había previsto y Washington había estudiado personalmente su fabricación en Europa.
Finalmente fue elegido ingeniero jefe. Entonces comenzó el verdadero problema.
Construir una torre bajo el agua
Las torres del puente no podían apoyarse directamente sobre el fondo del East River. Había que atravesar los sedimentos y encontrar un terreno capaz de soportar su enorme peso.
La solución fueron los cajones neumáticos.
Un cajón era, de forma muy simplificada, una gigantesca caja de madera cerrada por arriba y abierta por abajo. Sobre ella se construía progresivamente la fábrica de la torre, mientras que en su parte inferior quedaba una cámara de trabajo de menos de tres metros de altura.
En esa cámara se inyectaba aire comprimido. La presión interior impedía que el agua del río ocupara el espacio de trabajo y permitía que los operarios excavasen el terreno bajo los bordes del cajón.
A medida que se retiraba material y aumentaba el peso de la mampostería construida sobre él, los bordes inferiores penetraban en el terreno y toda la estructura descendía.
No se excavaba primero un gran pozo para colocar después la cimentación. Era la propia cimentación la que se iba hundiendo mientras se construía la torre encima.

Una obra que casi no podía fotografiarse
Reconstruir el interior de los cajones ha sido uno de los mayores retos visuales de este capítulo.
No existen filmaciones, evidentemente, y las fotografías disponibles muestran principalmente el exterior de las obras. Para recrear su funcionamiento hemos trabajado a partir de grabados publicados en la época —entre ellos los aparecidos en Harper’s Weekly—, dibujos técnicos, secciones históricas y descripciones del proceso constructivo.
Queríamos que el cajón no pareciera una cueva fantástica ni una espaciosa nave industrial. La cámara de trabajo era baja, oscura, húmeda y estaba atravesada por pilares, conductos, esclusas y pozos verticales.
También prestamos especial atención a los pozos de agua utilizados para extraer el terreno. Los trabajadores arrojaban el material excavado a una zona inundada situada bajo el conducto. Desde allí, una cuchara bivalva lo recogía y lo elevaba hasta la superficie.
La columna de agua actuaba como cierre hidráulico, permitiendo sacar grandes cantidades de material sin perder continuamente el aire comprimido del cajón ni pasar todo el terreno por las esclusas.

Como ya comentamos en el primer artículo, la inteligencia artificial resulta muy útil para convertir estas referencias en imágenes. Pero hay que vigilarla de cerca.
Si se la deja actuar libremente, puede colocar la cuchara fuera del tubo, hacer que el cable atraviese una pared, llenar el cajón de burbujas interiores o proporcionar a los trabajadores un techo digno de una estación ferroviaria. Muy espectacular todo; como procedimiento constructivo, manifiestamente mejorable.
Por eso cada escena ha requerido sucesivas correcciones para mantener la continuidad entre la torre, el cajón, los pozos, las esclusas y la cámara de trabajo.

Cuando el aire dejó de ser un aliado
El aire comprimido mantenía fuera el agua, pero también introducía nuevos riesgos.
Las personas y los materiales solo podían entrar y salir atravesando esclusas que permitieran igualar progresivamente la presión. Una pérdida brusca podía alterar el equilibrio del cajón, facilitar la entrada de agua y poner en peligro a todos los trabajadores de la cámara.
El documental recrea un episodio en el que una carga de ladrillos bloqueó las trampillas de una esclusa de materiales. El aire comenzó a escapar, los faroles se apagaron y el agua empezó a subir.
Washington no dirigía estas operaciones desde un despacho. Bajaba personalmente a los cajones y permanecía allí durante horas junto a los trabajadores.
Su conocimiento de las instalaciones y su sangre fría permitieron cerrar la compuerta, recuperar la presión y evitar una tragedia.
Pero el peligro más grave no era el que podía verse.
La enfermedad de los cajones
A mayor presión, mayor cantidad de nitrógeno se disuelve en la sangre y en los tejidos. Si el regreso a la presión atmosférica se produce demasiado deprisa, ese gas puede formar burbujas dentro del organismo.
Estas burbujas pueden bloquear vasos sanguíneos, afectar a los nervios y dejar sin oxígeno a distintos tejidos. Los síntomas incluyen dolor articular, mareos, vómitos, dificultades para caminar, parálisis y, en los casos más graves, la muerte.
Hoy conocemos este fenómeno como enfermedad descompresiva. En aquella época se hablaba simplemente de la «enfermedad de los cajones».
Los trabajadores podían pasar jornadas muy largas dentro de la cámara y completar la descompresión en apenas unos minutos. Conforme aumentó la profundidad del cajón de Manhattan, también lo hicieron la presión y el número de afectados.
Washington contrató al doctor Andrew Smith, redujo la duración de los turnos y ralentizó las salidas. Eran medidas razonables, aunque todavía no se comprendía correctamente qué estaba ocurriendo dentro del cuerpo.

Washington sufrió varios ataques de la enfermedad. El más grave estuvo a punto de costarle la vida y deterioró definitivamente su salud.
La decisión bajo Manhattan
El cajón de Manhattan había alcanzado unos veinticuatro metros bajo la pleamar, pero todavía no había llegado hasta la roca.
Los sondeos mostraban bajo la cimentación un estrato muy denso de arena y grava glaciar. Continuar descendiendo hasta el gneis habría requerido más tiempo, más dinero y, sobre todo, habría expuesto a los trabajadores a presiones todavía mayores.
Washington tuvo que tomar una de las decisiones más importantes de toda la obra: detener la excavación y apoyar la torre sobre aquel terreno compacto.
No era la solución inicialmente prevista, pero sí una decisión basada en los sondeos, el comportamiento del terreno y una evaluación del coste y del riesgo humano.
La torre sigue apoyada allí. El tiempo, en este caso, le dio la razón.
Emily empieza a entrar en escena
La enfermedad impidió que Washington regresara con normalidad a la obra. Desde su casa de Brooklyn Heights continuó realizando cálculos, revisando planos y redactando instrucciones.

Emily comenzó entonces a transportar sus documentos y mensajes entre la casa y el puente.
Al principio parecía limitarse a ejercer de enlace. Pero para transmitir correctamente las decisiones tenía que comprenderlas, responder preguntas y explicar los cálculos a los ingenieros y contratistas.
Mientras tanto, la prolongada ausencia de Washington comenzó a despertar dudas dentro del consejo. Algunos miembros consideraban que un ingeniero incapaz de comparecer personalmente no podía continuar al frente del proyecto.
El capítulo termina con Emily escuchando, desde el pasillo, cómo se propone nombrar a un nuevo ingeniero jefe.
No entra todavía en la sala.
Pero ya ha tomado una decisión.

El tercer y último capítulo estará dedicado a Emily Warren Roebling y a la forma en que pasó de transportar las instrucciones de Washington a defender ante políticos, ingenieros y empresarios la continuidad de todo el proyecto.
Porque John imaginó el puente y Washington hundió sus cimientos bajo el río. Pero todavía faltaban las torres, los cables y el tablero.
Y para terminarlo iba a ser necesaria una tercera Roebling.
Os animamos a ver el documental y a contarnos qué os ha parecido. ¿Se entiende mejor ahora cómo funcionaban los cajones neumáticos? ¿Conocíais los riesgos que asumieron quienes trabajaron bajo el East River?
Si os gusta esta forma de contar la historia de la ingeniería, podéis suscribiros al canal de Estructurando para no perderos el capítulo dedicado a Emily.
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